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El angosto territorio de Panamá ha sido el
escenario de un antiguo desarrollo sociocultural, cuyos
orígenes se remontan a hace unos once mil años.
Investigaciones recientes demuestran que entre el 5000
y el 2500 aC ya se practicaba una incipiente actividad
agrícola en la zona central de este Istmo, actividad
que se intensificó hacia el 1000 aC y que repercutió
en la cultura material, que tiene su mayor exponente
en la cerámica, aunque la orfebrería y
la producción lapidaria no sean en absoluto desestimables.
Los especialistas han acordado diferenciar tres grandes
regiones: la Gran Chiriquí (zona oriental del
país), la Gran Coclé (zona central) y
la Gran Darién (zona occidental). La cerámica
de la Gran Chiriquí pone énfasis, desde
sus primeras etapas, en agregar una capa de engobe rojo
en los bordes y las bases de las piezas, así
como decorar los cuerpos con incisiones. Más
adelante, hacia el 500 dC, se aplicarán elementos
y figuras de arcilla a las superficies. En la zona Central
se conoce desde muy pronto (750 aC) la manera de preparar
un tinte oscuro de origen mineral que se combina con
el rojo para decorar las superficies. En la Gran Darién
predomina las técnicas de modelar y decorar con
grabados la superficie de las vasijas. El desarrollo
de estas tradiciones culturales no supone, por supuesto,
límites geográficos rígidos ni
características exclusivas.
Los estudios recientes sobre la cerámica prehispánica
en Panamá reiteran el carácter estable
de la tradición de Gran Coclé, y sus diversos
estilos. En sus primeros mil años, esta tradición
estuvo tipificada por la tricromía, aunque en
algunos estilos de la zona también dominaba la
bicromía, como por ejemplo en el estilo Cubitá,
donde se encuentran vasijas simplemente decoradas en
negro sobre un fondo rojo.
El periodo entre el 700 y el 1500 dC corresponde a
un momento de desarrollo de unidades sociopolíticas
jerarquizadas, denominadas cacicazgos, cuyos líderes
gozaban de privilegios que les permitía acumular
riquezas tanto en vida como en la muerte. Prueba de
ello es la gran variedad de objetos funerarios que se
han encontrado de estilo Conte y Macaracas, estilos
que no se refieren exclusivamente a la cerámica
sino que trascienden a la orfebrería y a la glíptica.
Respecto a la cerámica, estos estilos se caracterizan
por la inclusión de un cuarto color: el morado,
que puede alcanzar diferentes tonalidades que van desde
el gris o celeste al púrpura. Además de
esta riqueza cromática, los estilos Conte y Macaracas
se distinguen por su gran variada de formas de vasijas,
así como por un extenso repertorio de temas decorativos,
que incluyen seres humanos, animales como saurios, serpientes,
crustáceos y tortugas y aves, generalmente dibujadas
de perfil, que aludían tanto a la cosmogonía
local como a la foránea.
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