| Cuando, el 18 de septiembre de 1502, Cristóbal
Colon llegó a América en su cuarto viaje,
decidió reparar sus naves en un territorio desconocido
hasta ese momento, fue recibido amablemente por los
indios cariari, ataviados para la ocasión con
muchos colgantes de oro. En ese momento dos tradiciones
culturales entraron en contacto, y ninguna de las dos
volvió a ser ya la misma.
Las actuales divisiones geopolíticas que conocemos
como Nicaragua, Costa Rica y Panamá no se corresponden
con las unidades culturales precolombinas de la Baja
América Central. Hace más de doce mil
años que ese territorio está ocupado por
una gran heterogeneidad cultural. Esta estrecha zona
es un área de transición e interacción
en términos geológicos, climáticos,
ecológicos y culturales. Su topografía
proporciona cómodas vías de comunicación
entre ambos litorales –Caribe y Pacífico–
y facilitó los intercambios de ideas y de presentes
que definían las necesidades societarias más
allá de lo puramente material, y definían
la visión del mundo, el simbolismo y el conocimiento
sobrenatural.
Los pueblos precolombinos de la Baja América
Central lograron un nivel sociocultural y religioso
muy complejo que se aprecia a través de un gran
desarrollo artístico. Sus manifestaciones materiales
evidencian un amplio conocimiento de los materiales
trabajados y de las técnicas. A través
de los diseños, los especialistas artesanos lograron
trasmitir sin escritura a generaciones posteriores sus
necesidades y vivencias. El diseño, en esculturas
y metates de piedra, así como en formas y decoraciones
cerámicas, formó parte de sus creencias,
evocando sus mitos y el mundo natural que los rodeaba
.
La técnica más usada para la obtención
de recipientes de cerámica fue el modelado manual
y para las formas cuadradas, la unión de láminas.
En los recipientes rituales, de uso doméstico
o público, el acabado era elaborado. Se utilizaba
el engobe, la decoración con pinturas minerales,
las aplicaciones de arcilla y la impresión utilizando
instrumentos puntiagudos, romos o el borde de una concha.
Una de las manifestaciones materiales del trabajo en
piedra es el metate, utilizado para moler junto a otro
elemento o mano de piedra. Inspirados en los molinos
domésticos y concebidos como esculturas tridimensionales,
los metates ceremoniales contenían elaborada
simbología relacionada con la subsistencia y
el poder. A las representaciones estilizadas de cocodrilos,
jaguares y personajes de alto rango ataviados como murciélagos
y con tocados de plumas u hojas les une la esfera de
la fertilidad.

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