
La intensificación de la producción
agrícola del maíz favoreció, desde
el 1000 aC, un cambio trascendental en la vida social,
política y cultural, que repercutió hasta
el siglo XVI, época en que sobrevino la conquista
y colonización europea.
El acceso restringido a determinados bienes especiales
y el conocimiento esotérico se reflejaban en
las diferentes jerarquías sociales, políticas
y religiosas. Los cacicazgos complejos de esta zona,
densamente poblada, eran agrupamientos sociales a medio
camino entre las sencillas bandas igualitarias y los
estados de estructura política compleja. Podían
estar constituidos por varios centenares de personas,
que estaban organizadas alrededor de una jerarquía
centralizada y ocasionalmente hereditaria. Las tradiciones
artesanales y el simbolismo religioso estaban muy desarrollados,
como resultado de las necesidades de afianzamiento de
estos roles.
Existía una cadena de mando en el orden civil
muy compleja, con jefes de rango inferior, caciques,
un gran cacique y un cacique principalísimo.
Esta organización fue mal comprendida por los
conquistadores españoles que se referían
a ellos simplemente como "caciques". Así,
un jefe militar español en el siglo XVII pidió
a un cacique principalísimo que convocara a todos
los caciques que conociera de los territorios circundantes.
En lugar del pequeño grupo de individuos de la
elite que esperaban los españoles, aparecieron
cientos de personas.
La guerra era intensa y primordial en estas sociedades
caciquiles. Pero las sucesivas guerras no desembocaron
en cambios sociopolíticos que implicaran mayor
complejidad, a modo de estados o de imperios. Ante la
derrota, las poblaciones oprimidas podían evitar
satisfactoriamente la amenaza de una dominación
emigrando a otras localidades.
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