| Símbolo cristiano (cruz monogramática, con las letras alfa y omega) grabado en una de las inscripciones funerarias de la Necrópolis Paleocristiana. MNAT(P) 335. |
Las investigaciones históricas actuales tienden a dejar
constancia de que no existe una ruptura absoluta entre la mentalidad,
los hábitos y -en consecuencia- los gustos artísticos
de los ciudadanos romanos de los quatro primeros siglos de nuestra
Era, fuesen cristianos, paganos o creyentes de cualquier otra
religión.
En un primer momento, la transformación que el cristianismo
aporta al arte tiene un signo fundamentalmente ideológico,
sobre formas preexistentes. Muchas veces, incluso con el único
cambio del contenido espiritual en imágenes que poseen
una antiquísima tradición anterior.
Animales como el pez, el cordero, la paloma, el ave fénix,
el gallo, el ciervo o la serpiente; elementos iconográficos
como la palma, la corona, el ancla, el barco, el río o
la cruz; personajes y hechos del Antiguo Testamento que hacen
alguna alusión más o menos directa a los del Nuevo
Testamento. Se repiten, representados en lápidas, sarcófagos,
mosaicos y pinturas, y crean un lenguaje gráfico de fuerte
carga simbólica.
Desde mediados del siglo IV se produce un cambio en los símbolos.
Frente a esta iconografía, que traduce un anhelo espiritual
y colectivo de felicidad en el más allá, aparecen
las representaciones de la comunidad religiosa, la Iglesia, como
camino de salvación. Es el momento de la Iglesia triunfante,
con todo un conjunto de imágenes que quieren mostrar el
origen divino de la institución.

|