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El mundo de la muerte
Cabeza de Atis (divinidad funeraria romana) recuperada en la zona de la Necrópolis Paleocristiana. MNAT(P) 983.



Los escritores romanos han dejado bastantes relatos y descripciones que hacen posible reconstruir con sobrada exactitud el ritual romano relacionado con la muerte y conocer sus ceremonias y su importante carga simbólica.

Los romanos creían que, tras la muerte, el difunto continuaba viviendo, por lo que el culto que se daba a los muertos era una necesidad que se transmitía de padres a hijos.

La presencia en los ritos funerarios de ceremonias de purificación que incluían banquetes fúnebres posteriores a la muerte -el inmediato silicernium o la cena novendialis, en el noveno día de la muerte-, junto a las comidas y ceremonias con motivo de las fiestas anuales de las Parentalia (13-21 de febrero) y las Lemuria (mayo), justificaban la necesidad de edificios sepulcrales y motivaban la agrupación de los menos favorecidos en asociaciones funerarias, que les garantizasen los ritos sociales que debían acompañar su muerte.

No se conoce hasta qué punto continuaron estas costumbres en la sociedad tardoimperial, pero parece evidente que esos ágapes se dieron igualmente en los cementerios cristianos, como demuestra la presencia en la Necrópolis de Tarragona de enterramientos cubiertos con forma de mensae y triclinia, que hacen referencia a una misma idea: el banquete funerario.

Los rituales son, también, muy parecidos. Destaca la despedida de los hermanos en el momento de entrar en agonía, el intercambio del ósculo de la paz, el lavado y preparación del difunto, la procesión hasta las puertas de la iglesia con las lamentaciones, las oraciones, el traslado del cuerpo hasta la sepultura y la inhumación, con la innovación de la introducción de símbolos cristianos en sepulcros y fosas.