Los escritores romanos han dejado bastantes relatos y descripciones
que hacen posible reconstruir con sobrada exactitud el ritual
romano relacionado con la muerte y conocer sus ceremonias y su
importante carga simbólica.
Los romanos creían que, tras la muerte, el difunto continuaba
viviendo, por lo que el culto que se daba a los muertos era una
necesidad que se transmitía de padres a hijos.
La presencia en los ritos funerarios de ceremonias de purificación
que incluían banquetes fúnebres posteriores a la
muerte -el inmediato silicernium o la cena novendialis,
en el noveno día de la muerte-, junto a las comidas y
ceremonias con motivo de las fiestas anuales de las Parentalia
(13-21 de febrero) y las Lemuria (mayo), justificaban
la necesidad de edificios sepulcrales y motivaban la agrupación
de los menos favorecidos en asociaciones funerarias, que les garantizasen
los ritos sociales que debían acompañar su muerte.
No se conoce hasta qué punto continuaron estas costumbres
en la sociedad tardoimperial, pero parece evidente que esos ágapes
se dieron igualmente en los cementerios cristianos, como demuestra
la presencia en la Necrópolis de Tarragona de enterramientos
cubiertos con forma de mensae y triclinia, que
hacen referencia a una misma idea: el banquete funerario.
Los rituales son, también, muy parecidos. Destaca la despedida
de los hermanos en el momento de entrar en agonía, el intercambio
del ósculo de la paz, el lavado y preparación del
difunto, la procesión hasta las puertas de la iglesia con
las lamentaciones, las oraciones, el traslado del cuerpo hasta
la sepultura y la inhumación, con la innovación
de la introducción de símbolos cristianos en sepulcros
y fosas.